Amenazas unas, reales otras y con muy mala leche todas, parecen venir de serie con algunas personas. Hace poco publicaban los periódicos la resolución de la historia de un incidente doméstico en el que la invitada a cenar a casa de unos amigos resbaló con un juguete que había en el pasillo; como consecuencia, habían estado diez años de pleitos con una reclamación económica de 25.000 euros. La decisión del Supremo fue clara: "una desgracia no siempre tiene un culpable". Por esta vez, la ley aplicó el sentido común y reconoció que no todos los comportamientos y sucesos de nuestra vida puedan ser fiscalizados y juzgados los hechos. Propongo declarar culpable, de oficio, al que denuncie tonterías.