y bajó la vista, cuando se fijó en que el cadáver estaba abriendo los ojos. Paró el aparato y se bajó la mascarilla. Oyó como el muerto murmuraba algunas palabras ininteligibles e intentaba moverse.
-Señor José -dijo el doctor-. Esto... ¿está usted... aquí... entre nosotros?
-No lo sé... ¿dónde estoy? -Preguntó el supuesto muerto.
-Pues en el Tanatorio.
-¿En el Tanatorio...? ¿Por qué?
-No sé. A mí me han dicho que le haga la autopsia, para saber de qué ha muerto.
José intentó incorporarse, pero apenas si consiguió levantar un poco el torso y la cabeza, que le dolía como si el cerebro intentase escaparse por los ojos.
-Es que yo no estoy muerto, ¿sabe usted? Y, si no es molestia, necesitaría algo de ropa, aquí hace frío.
-Lamento estar en desacuerdo, pero...
-¿Cómo que en desacuerdo? -le increpó don José-. Aquí hace frío.
-No, no -le contestó el doctor Palacios-. Frío hace. Pero yo me refiero a que usted está muerto.
-¿Cómo?
-Sí, mire, lo pone aquí -y le enseñó su historial clínico, incluido el certificado de defunción-. No hay duda posible, usted ha fallecido. Ahora, si me permite, ¿podría tumbarse, que tengo que... ehem... abrirle?